miércoles 30 de julio de 2008

Ser y tener

Acabo de enchufarme Ser y tener, un documental que me ha dejado el marqués de Cerralbo y que narra las andanzas de una de esas escuelas rurales francesas en las que un solo profesor introduce en el mundo a niños de diferentes edades.


Además de llegar a la conclusión de que el documental es altamente recomendable por muchos motivos , la película me ha recordado a unas chicas de las que supongo habré hablado ya: las maestras más guapas del mundo.

Daban clase como el fulano del documental, en un jodido pueblo de pastores pegado a la sierra de Gredos al que costaba llegar mucha gasolina. En su escuela había un puñado de críos, todos ellos hijos de cabreros y agricultores de los que pelean a puro güevo día tras día, y por lo que sé ningún licenciado con pintas, de esos tan chuletas que citan a Proust todo el rato y beben wishkey en locales repolludos mientras tratan de enchufársela a cualquier idiota que pase por allí con esa frialdad exenta de pasión que tienen los culturetas (que no cultos), había reunido el valor necesario para dejarse caer por allí.

Las que sí estaban eran ellas. Las maestras más guapas del mundo. No sé qué demonios hacían allí. De hecho cuando me topé con ellas pensé precisamente eso. Por qué estas chicas tan guapas están aquí, en este lugar alejado de todo, en mitad de la nada, al que me ha costado llegar lo indecible con el objetivo de marcarme un reportaje sugerido por la directora de un instituto. Cinco minutos más tarde acabé comprendiéndolo.

Supongo que me enamoré de todas, porque seguí yendo a El Raso (así se llama el pueblo). En especial de una, morena ella, que por lo visto llevaba tres años metida en aquel lugar.

Las frecuenté, como digo, y la directora del colegio siempre me daba las gracias por dedicarles de vez en cuando una paginita con cualquier chorrada (mi redactor jefe de aquel entonces era un idiota redomado al que era capaz de venderle cualquier tema, incluso coloqué a cuatro columnas una información de Izquierda Unida abriendo [y estoy hablando de Diario de Ávila, así que...]).

Y un día también fue el obispo. Y yo con él, que para eso era el único representante del Cuarto Poder en toda la comarca. Y aquel cabrón con pintas empezó a decirles a los niños que tenían que ser como Cristo, ser mansos como corderos, y alguno incluso dedicarse a la Iglesa. Ni que decir tiene que, en cuanto soltó lo de los corderos, me salió la mueca lobuna, y la maestrilla a la que amaba me miró, cómplice. Al final me despidieron con muchos besos y una bolsa de rosquillas caseras de parte de las madres, y yo me sentí de puta madre escribiendo en los meses venideros sobre las actividades chorras que hacían en aquel colegio.

Confieso que incluso en ocasiones me acerqué hasta El Raso por pasearme, aunque sólo cuando visitaba Candeleda, que está cerca de este pueblo pero también lejos de cualquier parte que pueda considerar propia.

Hasta que un día, llevado por esas pasiones davidianas que tanto abundan en mi vida, pegué el portazo y me marché del periódico, milité como camarero una temporada, me dejé crecer la barba otra y acabé de peón forestal hasta que me sacaron del monte los compadres de El Plural y regresé a la gran ciudad, donde por desgracia olvidamos a menudo a gente con los güevos cuadraos que escogen su pequeña parcelita de terreno y la defienden a muerte.

Gente como las maestras más guapas del mundo, a las que espero les esté echando un mereceido polvo homérico un maromo de los buenos en este preciso instante.

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